Buen viaje, mis peludos amigos.

La culpa la tiene Jordi Cruz. Estoy más que segura de que dejó secuelas a toda una generación de niños que veían Art Attack todos los sábados por la mañana. En mí concretamente, todos esos años de manualidades televisadas llegaron a desarrollar una querencia irrefrenable por guardar "todo aquello que pudiese valer para algo". Espero que se aprecie la gravedad del asunto, porque semejante definición lo abarca absolutamente todo, y como decía, el responsable de todo es Jordi Cruz, que se pasaba la vida creando maravillas ultracoloridas utilizando ese tubo del rollo de papel de cocina, o el gancho de aquella percha rota, o las tapas de esa libreta gastada... en definitiva, todas aquellas cosas que en el momento clave en que a mi me urgía construir un dragón chino de cartón para colgarlo del techo, en mi casa habían ido directamente a la basura sin plantearse siquiera la cuestión que tenían el tamaño exacto de las alas de una criatura mitológica en miniatura.
El caso es que mi dedicación a guardar cualquier tipo de basura que se cruzase en mi camino nunca llegó a dar sus frutos, siempre que tuve el material necesario para una manualidad, lo que faltaba era la cola blanca para hacer el dichoso mejunje.
Pero mi diógenes siguió su evolución... y encontró un filón. Y es que resulta que yo soy una nostálgica de libro, del tipo que con catorce años tenía que frenarme a mí misma porque me daba cuenta de que otra vez estaba hablando de los buenos viejos tiempos. 
Como puede intuirse, los resultados de tal combinación fueron... por poner un ejemplo, yo tengo las entradas de cuando fui a L'Oceanogràfic en tercero de primaria y he guardado en un cajón un palito de polo todavía con restos de chocolate durante cuatro años por el hecho de que la tarde que me lo comí fue una buena tarde. Y aquí es donde entra en juego el tercer ingrediente de esa combinación fatal: mi memoria. Tengo demasiada memoria, cualquier otra persona se encontraría hoy con un palito chocolateado de hace cuatro años, pensaría "¿Quién ha metido esta mierda aquí?" y lo tiraría, fin de la historia; yo no, yo me acuerdo perfectamente de por qué lo guardé, dónde estaba y con quién cuando me lo comí, y de qué sabor era el jodido polo.
En la última semana he tenido que hacer sitio a más de media carrera de apuntes y tres años de vida fuera de casa, y God knows que no ha sido fácil tirar todo lo que he tirado. Hoy para terminar sólo quedaba hacer limpieza de peluches, de todos los que se han ido acumulando en cumpleaños y navidades, y que un día hace años cubrían mi cama. Se quedan Rocky, Amoroso, Lola y Skip, se van todos los demás, incluido el oso más suave que haya tocado nunca y que por eso sería injusto que me quedara yo porque ya nunca voy a dormir con él. 
Pienso en eso, en que seguramente haya un niño por ahí que en nada tendrá un oso nuevo y vivirán una infancia juntos y se me pasan las dudas de si sacarlos de la bolsa y devolverlos a la estantería, y al mismo tiempo me aterroriza de una forma poco racional que antes de llegar a su nuevo dueño vayan a lavarlo con un suavizante barato y pierda toda su dulzura. Y se me nublan las diferencias con la niña de la cama llena de peluches, aun a pesar de tres años de carrera.

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Unexpected plot twist.

A veces me pregunto si tú también te acordarás de mí. Si te cruzas con gente en el tren que se me parece, si escuchas esa canción y piensas en que fui yo quien te la enseñó, o si cuando buscas entre los contactos del Whatsapp te paras al leer mi nombre y abres una conversación que se quedará vacía sólo para ver si he cambiado la foto de perfil.
A veces me pregunto si no me estaré olvidando yo. No de ti, de eso ya te encargas tú apareciendo en los momentos justos para dar otro inesperado giro de guión. Pero hasta eso se diluye con el tiempo, los buenos viejos tiempos ya no parecen tan buenos, la rabia que te dediqué ya ha perdido sus razones y los giros inesperados se han vuelto menos sorprendentes.
A veces me acuerdo de ti viendo un partido, y porque sé que irías con los Heat no tengo claro si prefiero que ganen los Nets, yo que siempre he sido de los Spurs.
Algunas veces me alegro de que te hayas ido desvaneciendo, de la tranquilidad sin sobresaltos y la ausencia de peleas antes de ir a la cama, de lo fácil que es vivir sin tener que descifrarnos y la libertad de no esperar, nada, a nadie. Y otras espero encontrarme con el rastro imperceptible que sabes que inevitablemente descubriré, porque no hay historias sin giros inesperados y dios sabe cuándo fue la última vez que estuve tranquila.

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