La semana

Hay veces en las que simplemente quieres algo con todas tus fuerzas. Que hayas llegado a esa situación puede haber sido cuestión de horas o de meses, quizás ni siquiera te acuerdes de como empezó.
Yo quería ir al FIB. Me mataban las ganas sólo de pensar lo que tenía que ser aquello, y lo asombrosamente bien que se presentaba el asunto para mí, de esas oportunidades que como mucho tres o cuatro.
Así que hice lo posible por conseguirlo, y a pesar de toda la estrategia diseñada para evitar conflictos, al final fue inevitable librar una batalla de silencios, octavas de más, verdades arrojadizas y surrealismo puro de la que después de tres días estaba segura había salido razonablemente victoriosa.
Esos tres días habían sido de lo más interesante, y según mis expectativas quedaba todo lo mejor por llegar, la aventura apenas había empezado.
Lo diré ahora, las expectativas traicionan. Te hacen desear algo tan profundamente que cuando por fin lo tienes, si no alcanza el nivel exacto de lo que sea que estuvieras esperando te frustras, y te preguntas si realmente ha merecido la pena pelear por ello.
O por lo menos eso es lo que yo sentí al hacer balance el viernes por la mañana de lo que había sido el primer día de festival: vodka caliente en el parking y media hora de un dj regulero antes de que un cordón de seguratas naranja fosforito nos mandara para casa indecentemente pronto era todo lo que podía recordar mientras leía sobre lo que decían que era "El Concierto" del Fib 2013. Por supuesto hubo más cosas aquella noche, pero una mezcla de rabia y desilusión me impedía rescatar de mi memoria algo que no fuera decepcionante.
Ahora puedo recuperar otra situación en la que quizá debería haberme dado cuenta de que algo fallaba allí. Hubo un momento en el que mientras buscábamos un sitio donde ir, ya por fin dentro del recinto, pasamos por delante de una haima cuyo interior apenas se veía porque diez metros a la redonda se concentraba una de esas english crowds que poblaban el lugar cantando todos a coro el Don't look back in anger de Oasis. Yo me desperté de golpe justo a tiempo para cantarle a Sally que se podía esperar, y también justo a tiempo para girarme y ver que mi grupo pasaba de largo murmurando que no sabían cuál era.
Así que la cosa estaba entre plantarse o seguir adelante, y ¡qué demonios, hemos venido a jugar! 
Pero la cosa llevaba el mismo camino que el día anterior, sólo que ahora teníamos hielo y pajitas hasta que un SMS (sí, un SMS) hizo que dejara aquel círculo del parking y entrara al recinto de camino a mi primer concierto del maravillas, el escenario grande que ocupaban entonces Beady Eye, y después de rodear a unos cuantos indios y un papa y convencer a un chico de mantener en alto un plátano inflable durante más de cinco minutos, conseguí encontrar a mi querida roomie y sus simpáticos amigos y les conté what-was-my-story,-morning-glory en el que creo ha sido uno de los momentos de sinceridad más grandes de mi vida.
Y ahí empezo el Fib de la música para mí, y han pasado dos meses pero podría contároslo con todo tipo de detalles que espero que no se me olviden nunca. Aquella noche además de los restos de Oasis, me comí una de Primal Scream con un Bobby Gillespie brillante y colocadísimo, y un inesperado pero increible set de Zane Lowe, al que además fui con mis chicas, las que no sabían quien era Sally y a las que terminé liando dos días más tarde para ir a ver como Jake Bugg arrasaba casi sin despeinarse mientras se ponía el sol, en el mismo sitio y a la misma hora que el día antes había comprobado que Miles Kane gana mucho en directo pero sigue estando lejos de sus amigos Arctic Monkeys a los que ayudó a cerrar un concierto increíble que sin duda era el que con más ansia esperaba, pero que quedó desbancado como mejor concierto del festival por culpa de The Killers, que empezaron con Mr Brightside y después de hora y media de pura energía acabaron con puñeteros fuegos artificiales, y así no hay quien pueda. Y entre medias un disfraz de plátano de origen incierto, fotos con un cocodrilo, un caballo y una budweiser rellena de inglés, Pringles gratis, muchas, más de las que nadie en su sano juicio debería habernos dejado coger por mucha maniobra de publicidad que sea, DJ's y grupos de electrónica con pelos de todos los colores, multitudes que tararean a con toda su alma riffs de guitarra, el descubrimiento de Woodkid, risas, muchas risas, amigos, los que ya eran y los que llegaron, y ya por fin, el agotamiento que sólo podíamos vencer con la adrenalina que nos quedaba al recorrer por última vez este año el camino de vuelta a casa, con una inmensa luna llena de fondo que ya sólo podía reflejar la luz del sol que hacía rato que estaba presente.
Y después un autobús, doce horas de sueño y la determinación de que si oportunidades como ésta, tres o cuatro, yo no quiero leerlas en una crónica.



(Por si habéis sido capaces de no buscarlo, os dejo algo aquí. A mí Woodkid me suena un poco a semana santa, a batalla épica, y a más de las 2am, y encima tiene una puesta en escena alucinante. Con esta canción intentaron cerrar, y digo intentaron porque el artíficice del invento tuvo que volver a salir al escenario ante un público que no dejaba de tararear ese trocito de melodía a partir del 2:45, pero vamos, que a juzgar por los saltos que daba no parecía muy disgustado)

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Otra más

Cuando decidí abrir mi primer blog lo hice porque tenía una historia que contar. Una historia o una estupidez, como queráis llamarlo, sobre un bote de champú y la costumbre de cantar en la ducha.

Yo nunca tuve un diario pero sí tenía una libreta, de las grandes y de espiral, y un disquete donde metía todos los proyectos que al final nunca fueron.
Pero con la tontería de la ducha había algo diferente, la idea de hacer algo así me rondaba y definitivamente, ésta no era una de esas cosas que escribes porque necesitas sacártelo de dentro para poder seguir conviviendo con tu propia existencia, simplemente era algo que me parecía gracioso hasta el punto de que podía hacer reír a otra gente, pero dentro de esa otra gente no contaba a mis amigos, mi familia o cualquier otra persona conocida a cien kilómetros a la redonda. ¿Les habría hecho gracia a ellos?  Quiero pensar que por lo menos a un par sí, pero no era esa la cuestión, simplemente yo no quería que personas que me conocían vieran eso de mí.
Y aquí estoy, años, entradas y mucho silencio después de aquello y tanto aquél como este blog fueron perdiendo fuelle, pero sobre todo, que conforme las publicaciones se iban espaciando, más metaentradas aparecían. 
Explico esto: una vez tuve un profe de lengua maravilloso que nos leyó Continuidad de los parques de Cortázar, explicándonos que aquello era algo que podía llamarse metaliteratura, literatura dentro de la literatura. Yo le voy a robar la idea para bautizar a todas esos posts a lo largo de cinco años que dediqué a explicar por qué estaba escribiendo esa entrada, por qué no la había escrito antes o por qué era esa y no otras.
De esos cinco años el último ha sido en blanco, por lo menos aquí y de cara al público, el disquete de antes ha pasado a ser una carpeta de borradores que nunca llegaron a estar terminados. Y ahora me siento un poco como con aquel bote de champú, quiero volver a contarle cosas a alguien, aunque puede que por motivos distintos. 
Puede que ahora si que sea un caso de convivir con mi propia existencia. Vuelvo a explicar: 
Yo sé que una de las cosas que cambió el ritmo fue que pasé de publicar para alguien a publicar para alguien a quien conocía y cuya opinión me importaba. Los cien kilómetros a la redonda se habían extendido y lo hacían todo más difícil para mí. Como cuando un día no puedes posponerlo más y tienes que aceptar a tu madre en Facebook, puedes cambiar tu vida o dejar que la realidad siga su curso y correr el riesgo de no volver a probar la mejor tortilla de patata del mundo.
Pues yo he llegado a un punto en el que quiero que me importe un poco menos la tortilla de patata, y la manera que se me ha ocurrido de conseguirlo es que si quiero contar algo lo contaré, da igual quien lo vaya a oír, da igual lo que vaya a pensar, porque sea lo que sea seré yo, lo que a mí me apetecía en ese momento.
Lo demás ya lo habéis oído antes. Soy inconstante y puede que esto no pase de aquí, igual pasa y no lo escucha nadie, pero una entrada publicada supone que alguien puede leerla, y a partir de ahí ya se verá.

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